22 jun. 2010

Es lo mismo que produzca palabras durante dos minutos que intente no tragar saliva durante treinta. Podemos hablar acerca  del destino del universo o del buen tiempo que el señor de la nariz colorada anunció para ayer, o incluso de ese vestido de princesa que espera en la tienda para ser expuesto el día tres. Da igual. Es lo mismo ocho que ochenta. Pero no es lo mismo hoy que ayer. Ayer fue hace veinticuatro horas. Ayer el cielo era color de rosa. ¿No ves las nubes que lo cubren hoy? No me acuses de locura transitoria, soy consciente de que el astro rey ya no descansa, me lo dice la franja de luz que, cada día, asoma en mi terraza de cinco a seis. No hablo de esas nubes, no veo esas nubes, veo unas nubes que parece ser que tú no ves.
Yo no sé pasar de cero a cien, ni mis frenos son los del Fórmula 1 que pilota el hombre de la gorra roja en el canal que nadie ve. Mis engranajes no funcionan a grandes velocidades, sólo soportan una velocidad constante, necesitan beber unas gotitas de aceite al menos un día de cada tres.
No me digas que lo necesitas o que, simplemente, te apetece. La vida no es sólo apetecer. Treinta no es lo mismo que una vez por semana. Tal vez exista un enorme libro de instrucciones para poder funcionar de otra manera, pero creo que mis bolsillos se rompieron algún día en el que se me escapó de las manos todo lo que podía llegar a ser, pero, ahora me doy cuenta, nunca fue.

19 jun. 2010

Los rayos de sol se sumergen en mi piel como si la enfermera autora del hematoma negro me hubiese inyectado adrenalina en vena. Poco a poco siento cómo palpitan, uno a uno, los cientos de miles de poros de mi piel, dando la bienvenida a esa sensación que tantos meses han suplicado. ¿Cuántas habrá? Tal vez ciento cincuenta, o tal vez no sean más de cien... Multiplicando por dos hallo mentalmente el número de ojos que podrían visualizar en este momento la escena. Busco el "Todas las pistas", cierro los ojos y me limito a disfrutar.

Dicen que sólo existe un sol; que veo el mismo que ilumina a un niño pecoso, pálido y gritón bajo la Torre Eiffel de París mientras pide a su madre que le compre el helado con forma de pie que anuncia el cartel azul.

Quiero ver el sol desde allí. Desde el lugar de la arena blanca y del agua del azul inimaginable en un pantón del Photoshop. Quiero ver mis pies a través de los millones de gotas que forman esa ola, mientras los rayos del sol atraviesan sin pudor las partículas de sal e iluminan la cola de cualquier pequeño pez. Y quiero ser doble, quiero sentirme doble. O quiero que dos sean uno, eso ya me da igual. Puedo buscar una cuerda irrompible, o dividirme por la mitad y construir, tras muchos años de rompecabezas, el más bonito de los puzzles.

17 jun. 2010

Con su abrigo rosa de hace tres inviernos esperaba tiritando en el andén. Sin perder de vista su maleta marrón, con la que ya había recorrido medio mundo, miraba el reloj una y otra vez. Era tarde, ya pasaban las diez. La noche había caído hacía ya un par de horas en aquella gélida ciudad y la estación, gris y humeante como todas, comenzaba a cambiar a los viajeros por personas invisibles que no tenían dónde ir. 
Miró el reloj, tal vez fuese ya la vigésima vez, y comenzó a pensar que nunca llegaría. Entonces, le vio. Apoyado en una esquina, con la cara desencajada por ese dolor que tanto se siente por dentro pero que nadie quiere ver por fuera y con unas ojeras de años de no tocar un edredón, seguía con la mirada a una pequeña cucaracha que luchaba por encontrar un agujero en el que desaparecer. 
- Él también estará deseando desaparecer. - pensó.

Decidida, agarró con fuerza su maleta y, paso a paso, comenzó su camino hacia él. No tenía claro cuál sería la reacción de aquel hombre, pero podía pensar, únicamente, en aquella habitación "de invitados" malva para la que nunca tenía nadie a quien invitar. De un tiempo a esta parte, los únicos invitados que recibía eran visitantes de una noche que calentaban su piel durante unas horas y a los que siempre evitaba volver a ver.

Se acercó y le tendió la mano. Él, con aplastante cansancio, alzó la cabeza y clavó sus ojos en ella. ¿No eran ésos los ojos más bonitos que jamás había visto? Levantando con esfuerzo su brazo derecho cogió su mano, se incorporó y ambos caminaron en silencio hacia la calle que huele a té de menta.

Siguen mirándose a los ojos mientras él sirve té de menta en el Le Salon Vert, esperando a volver a la casa donde sigue libre la habitación malva, pero donde el calor no es de una noche, porque las noches y los días ya se suman de cien en cien.

 

16 jun. 2010

Me detuve a observar ese lugar donde sólo asoman las amapolas. Mientras el viento enredaba mi pelo a su antojo, comencé a divagar: No conocen lo que es el frío, sólo aparecen cuando se atreven a combatir al invierno los primeros rayos de sol. Son rojas, rojo sangre... Monja, frailecilllo o fraile... 

Sin romperlo, en sus dedillos
uno coge cuidadosa
y se lo muestra al muchacho
preguntando: "¿Fraile o monja?"
Y esperando se le queda
¡más picaresca y más mona!...
El capullo será fraile
si tiene rojas las hojas,
pero si las tiene blancas,
el capullo será monja.
Y estático el paverillo,
con ojazos interrogan,
contempla el misterio, y duda,
y se agita, y se emociona,
y mira luego a la niña
que lo apremia, que lo azora,
y lleno del hondo pánico
que presiente la derrota,
se lanza a dar la respuesta
como el que a morir se arroja.
Y apenas ha dicho: "¡Fraile!"
con la voz un poco ronca,
rompe la niña el capullo
y exclama entre risas: "¡Monja!"
Y apenas ha dicho el niño:
"¡Monja!", con voz temblorosa,
"¡Fraile!", le grita riéndose
la paverilla burlona...

José María Gabriel y Galán

Aquella bicicleta rosa. Sus pedales, dirigidos por mis insignificantes piernas de niña saltimbanqui, fueron los que me enseñaron a poder oler los campos, a nadar entre las espigas, a llenar bolsas y bolsas de manzanilla en el pueblo donde hice pequeños jarrones de arcilla... Aún así, jamás me despojé de mi miedo hacia las avispas. Qué cinco letras más feas, más que esos pequeños insectos que pican en la yema del pulgar.

11 jun. 2010

de cuando me dejas hacer que no llueva... y la toalla azul de un día cualquiera

Hoy me dices que el mundo te llueve y yo sólo soy capaz de ver que fuera diluvia, pero no creo que tanto agua sea capaz de calar tus huesos por dentro tanto como para sentir que el cielo se ha empeñado en descargar su rabia en ti.

Me gusta mirar las caras de la gente, su expresión, sus gestos...

Me gusta ver que un niño ríe a carcajadas mientras salta en los charcos poniéndose perdidos los pantalones de domingo, que un perro babea observando un salchichón en un escaparate mientras su dueña habla del tiempo con la vecina de abajo, que el abuelete que toma el blanco en el bar de al lado pega la nariz al cristal para mirar a la chica del paraguas marrón que pasa todos los días a las 13.36, que la dependienta de la frutería corre con la bolsa del "súper" pegada a la cabeza a buscar cambio de 50 al bar de las sardinas en aceite... Y ver cómo las gotas flotan en el agua durante una milésima de segundo, formando un círculo perfecto, para morir en ese charquito que se forma cada día gris delante de la puerta 16.

Pero no me gusta que te llueva, ni que le llueva, ni que me llueva. Me gusta intentar secar las gotitas, una a una, recorriendo la nariz, el cuello, los brazos... y cubrirte con la toalla azul de los fines de semana mientras me cuentas cómo, poco a poco, va dejando de llover.

10 jun. 2010

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Me esfuerzo; mis ojos escudriñan cada rincón que existe a mi alrededor, pero no hay nada. Sí, puedo ver personas, edificios, un coche con el intermitente izquierdo encendido que se dispone a adelantar... En resumen, nada. No es posible percibir tantos objetos, figuras, formas, colores, movimiento... y que el silencio llegue a ser tan abrumador como esta tarde. Ni un claxon, ni una risa, ni siquiera una voz sumergiéndose en un teléfono móvil. Todo el mundo camina solo. Yo camino sola. Nos cruzamos, nos miramos. En ocasiones, ni siquiera eso. Las cabezas se dejan llevar por la fuerza de la gravedad y los ojos apuntan hacia el suelo, van contando baldosas, observando restos de chicles adheridos a la acera, un ticket de la O.R.A. que ya pasó...
Necesito llegar a mi casa. No puedo evitar que la angustia me coma y que la sensación de soledad comience a apoderarse de mí. Pero yo... yo no estoy sola: mi agenda del móvil es infinita, mis amigos del Tuenti ya pasan de los trescientos, mis contactos del messenger son más de un centenar...
Pero, en el día a día, en el cara a cara, en el bis a bis... ¿hay alguien que no se sienta alguna vez solo?
Cambio teclados y pantallas por caras, pieles, voces; tus ojos, tu sonrisa, tu nariz...

8 jun. 2010

Por mucho que escarbo no veo, no puedo, no llego, no soy. Tal vez no sea la pala correcta. Puede que deba cambiarme a la madera y prescindir de todo el hierro; al fin y al cabo, pesa tanto...
El realismo... Lo curioso es que siempre fui más de pintura abstracta, de ideas irracionales para quien las mira, pero con un sentido muy preciso para quien las crea. La procesión va por dentro. Realista por fuera, libre por dentro...
Plagar mi diario de malos sentimientos no está entre mis "cosas por hacer"; ejerzo más el control de los hilos y la filosofía de "prevenir antes que curar".
¿Quieres la receta? No es ningún secreto, aunque no estoy segura de que sea la mejor opción. A veces, es mejor comer con sal.

4 jun. 2010

Bajo cero no es  un estado constante, no puede serlo. Sonrío mientras pienso en el vaivén. A veces marea, hasta que logras volver al verde, al +, al :).
Me quedo perpleja al recapitular. El valor en la escala varía en cuestión de segundos; tan sólo es necesario un cambio de planes, cuatro palabras distintas y un "mi día, al fin, va a cambiar".
Y cambia.Ya no es únicamente mi día. Lo cambio/as, lo comparto/imos y, aunque es breve, logra que el bajo cero desaparezca tan rápido como se apoderó del hoy.

3... 2... 1... GO!

2 jun. 2010

De cuando me siento cobarde... - o un miércoles como cualquier otro -

No voy a esperar, día tras día, a escuchar un sonido estúpido, monótono, que me recuerde que aún no has dejado de existir.
No soy capaz de acomodar mi culo en una de esas sillas escacharradas durante horas esperando que me despierte un chirriante pipipi.
Será por miedo. Tú, que me conoces, lo sabes. Curioso que me conozcas tanto, cuando ni siquiera nos hemos llegado a mirar. Se llamaba Miedo; no le hacían falta apellidos ni DNI.

Un día lo combatí... y gané. Pero en la posguerra, me lo ha dicho un pajarito, perderé. Así que, querido adversario, como yo no sé perder... me retiro.