16 jun. 2010

Me detuve a observar ese lugar donde sólo asoman las amapolas. Mientras el viento enredaba mi pelo a su antojo, comencé a divagar: No conocen lo que es el frío, sólo aparecen cuando se atreven a combatir al invierno los primeros rayos de sol. Son rojas, rojo sangre... Monja, frailecilllo o fraile... 

Sin romperlo, en sus dedillos
uno coge cuidadosa
y se lo muestra al muchacho
preguntando: "¿Fraile o monja?"
Y esperando se le queda
¡más picaresca y más mona!...
El capullo será fraile
si tiene rojas las hojas,
pero si las tiene blancas,
el capullo será monja.
Y estático el paverillo,
con ojazos interrogan,
contempla el misterio, y duda,
y se agita, y se emociona,
y mira luego a la niña
que lo apremia, que lo azora,
y lleno del hondo pánico
que presiente la derrota,
se lanza a dar la respuesta
como el que a morir se arroja.
Y apenas ha dicho: "¡Fraile!"
con la voz un poco ronca,
rompe la niña el capullo
y exclama entre risas: "¡Monja!"
Y apenas ha dicho el niño:
"¡Monja!", con voz temblorosa,
"¡Fraile!", le grita riéndose
la paverilla burlona...

José María Gabriel y Galán

Aquella bicicleta rosa. Sus pedales, dirigidos por mis insignificantes piernas de niña saltimbanqui, fueron los que me enseñaron a poder oler los campos, a nadar entre las espigas, a llenar bolsas y bolsas de manzanilla en el pueblo donde hice pequeños jarrones de arcilla... Aún así, jamás me despojé de mi miedo hacia las avispas. Qué cinco letras más feas, más que esos pequeños insectos que pican en la yema del pulgar.

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