11/4/2014

La eterna búsqueda

Así es la raza humana. Siempre aspirando a la realización personal, a esa plena satisfacción que nos venden en las películas a 3,90€ un martes por la noche, a esa sonrisa estúpidamente feliz que se dibuja en cada esquina de un reportaje de París.
Y no. Porque en el fondo todos somos una Amelie a falta de cinco minutos de proyección. Porque puedes haber logrado el que un día fue tu sueño y darte cuenta de que una línea en negrita en un papel con foto no es lo que te hace meterte sonriendo entre las sábanas. 

Así es la raza humana. Eternamente insatisfecha. Y quejarse es gratis señores, mucho más barato que un psicólogo, igual que escupir líneas en un blog.

31/3/2014

Home, sweet home

Hay lugares en los que jamás te sentirás en casa, por mucho que pegues fotos con celo en las paredes y enciendas tus velas favoritas un par de veces al día. Aunque utilices el mismo juego de sábanas que te acompañó en tu primera aventura en solitario y las laves una vez a la semana con el mismo suavizante que mamá. No importa si te tapas con tu manta de flores ni si abres un tupper con olor a maestría para comer. Tampoco los hogares se construyen por antigüedad ni porque al abrir el portátil veas una foto que habla de abrazos.
Porque un cuarto pequeño con un idioma extraño por banda sonora puede ser tu verdadera casa. Ese lugar donde te sientes extrañamente feliz. Donde el cariño toca tu puerta a diario a través de los nudillos de desconocidos que se convierten en tu familia en 48 horas - y tal vez exagere -. Y sí, puede que parezca enfermizo echar tanto de menos una historia de 90 días. Tal vez resulte complicado de entender que aquel 17 de marzo comenzara la etapa con tinta más permanente que jamás existió y que nueve meses después de haberlo visto por última vez sigas tan unida a él como el día en que lloraste en ese maldito avión. Y es que al llegar a casa junio llovía y tronaba y ahora lo entiendo todo. El país al que tanto adoro sabía que yo ya no era la misma y que esta tierra ya no era mi único hogar



30/3/2014

Papel y pluma

La vida la escriben las personas que pasan por ella. Escriben capítulos. Algunas incluso ponen el título a un episodio. O a dos. Hay quienes sólo son nombrados una vez y quienes aparecen tantas veces en la historia que se convierten en co-protagonistas. 
Amigas con las que comías tartas de chocolate para merendar y con las que nunca hablaste en inglés y a las que, aunque el destino haya construido carreteras y aeropuertos, tienes a tu lado día tras día gracias a un fragmento de voz. Otras a las que tu teléfono siempre tiene en llamadas recientes y con las que las conversaciones se cuentan por horas. Hay personas que te han visto llorar y han conseguido sin esfuerzo que sólo quisieras reír. Sabios trovadores de consejos sin horario de cierre. Gente que ha escrito párrafos interminables sin quererlo y que, aunque la tinta de su pluma fuera gris, nunca arrancarías ni una sola de las páginas. Otras a las que regalaste folios en blanco y sólo merecen acabar en la bolsa de papel para reciclar. 
Personas. 
Escritores de momentos. Creadores de recuerdos. 
Escultores de historias que repasas una y otra vez para que no mueran. 
Pintores involuntarios de escenas. Compositores de bandas sonoras de vida. 
La vida la escriben las personas que pasan por ella. Por eso hay quien siempre lleva un bolígrafo en el bolso, no vaya a ser que alguien se quede sin firmar en el libro de visitas.

26/3/2014

Séptimo arte

Qué bueno es reír de vez en cuando. Tener el volumen tan alto que tu carcajada resuene por encima del barullo del resto de la sala. Que se te escape un aplauso como si aquellos que actúan para ti fueran a sentirse aún mejor.
Reír entre amigos. En butacas más cómodas que el colchón que ya te echa en falta. Entre cuatro paredes que albergan a un puñado de pares de ojos esperando un par de horas de desconexión. Entre algodones. Entre palomitas casi recién hechas y patatas con sabor a viernes noche. Entre las risas de aquellos a quienes escucharías reír horas y horas y siempre querrías más. Entre planes de quince en quince que deseas que pateen a la rutina del calendario.
Una más de las infinitas formas de odiar que el despertador madrugue al día siguiente. 

24/3/2014

Dejándome desenredar

Los tirabuzones en el tiempo son imprevisibles, y te hacen gritar como el looping que te emborracha de cinética aprovechando tus ojos cerrados. 
¿Tramposo? 
No. 
Tú te lo has buscado. Tú subiste. Tú te abrochaste el cinturón y decidiste vivir a ciegas. Fuiste tú. Siempre decides tú. No culpes al entorno ni creas en el destino, porque éste no es más que el fin escrito con rotulador permanente usando como tinta tus decisiones. 

Y sí, es cierto que últimamente sólo canturreo aquella canción que hace algunos días me hizo saltar a mi manera. "...pero ahí estoy, dejándome enredar". Y me enredo, me enredan. Me dejo enredar una y otra vez. Pero tanto placer da enredarse como acabar con el último de los nudos y ser capaz de ignorar las sobras de aquello que siempre sobró.

11/3/2014

En la cocina

Cada noche me dejo abrazar por la almohada y esas hojas que hablan de la comida y del amor. Cada luna devoro frases con sabor a Italia y me embriago de Capella, que parece conocer la receta para activar el motor que todo lo mueve.
con harina y vino entre las letras pienso en todas las veces que no has llenado mi cocina, en todos los platos que nunca firmaste y en todas las veces que quise que el postre supiera a ti. En que cualquier Laura del mundo podría enamorarse de un cocinero de versos, aunque el pudor no le permita recitarlos a viva voz, siempre y cuando los desprenda por sus ojos y sus manos. Siempre y cuando los contagie con su piel. 
Siempre y cuando. Nunca y cuando. 


23/2/2014

Conclusiones

El inicio y el final son los comunes denominadores de toda historia. El inicio surge sin previo aviso, cuando menos se espera. En tiempo, lugar y modo sacados de una ruleta de la suerte. 
Lo injusto es que el desenlace llegue demasiado pronto, cuando aún tienes apetito de más giros en esa novela o la película se ha quedado escasa de detalle. 

Existe otro común denominador. Cuando devoras el último minuto de imágenes o dejas sin oxígeno a las páginas del libro, el autor, quien creó esa historia, quien, de algún modo, la vivió para ti, desconoce cómo te sientes. No sabe si sus lectores lloraron con sus frases o si sus espectadores aplaudieron durante los títulos de crédito. Porque el creador no está. Esculpió su historia de duración indeterminada con mayor o menor intensidad, con una dosis imprecisa de pasión. Y se fue. La dejó como regalo eterno en los recuerdos de quienes la disfrutaron, como sabor de boca más o menos bueno en aquellos que tuvieron la suerte o la desgracia de toparse con su argumento. Pero en todos y cada uno de ellos deja una huella, un recuerdo, un aplauso y una mirada al cielo. Una reflexión de vida al menos. 
Y todo libro se cierra. Y toda película expira. Qué grandes aquéllos capaces de engendrar historias que tatúan huellas. Pero la vida es tan injusta en ocasiones que no permite a quien crea culminar su obra maestra.

16/2/2014

El salto del mundo

No hay distancia mayor que la que te separa de aquel a quien aún no has conocido.
Qué son unas horas, qué suponen unos kilómetros. 
Sólo es irrisorio tiempo. No es más que efímero espacio. 
La altura de esa muralla es inversamente proporcional a cuánto estés dispuesto a saltar. 
Y el amor por amar no entiende de minutos y metros.
Por eso el récord del mundo en salto de altura nunca será imbatible.