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Son más de las siete y yo sigo con mi ronda habitual de paseos, de caja en caja, con la bolsa de brazalete, como si eso llenara a alguien, como si cargar con cuatro trapos fuera la insignia que reconoce algo.
Mientras evito pisar las rayas blancas de un paseo de peatones más, aparecen ellos. Unos setenta años, la vida sobre sus hombros, pero ninguna arruga más larga que sus sonrisas. Ningún achaque más profundo que sus ganas de cruzar juntos una avenida más. Las calles de Madrid son testigos de las manos entrelazadas de estos dos maestros de la felicidad, de sus conversaciones hilarantes y de su amor incondicional. O eso imagino yo. Las mejores películas no se proyectan en cines.

Y entonces me pregunto: ¿Qué ocurre con los sentimientos con el paso del tiempo? ¿Caducan, como un producto al que no se concede consumo preferente? ¿Se arrugan, como ese kiwi que lleva ocupando tu nevera más tiempo del que eres capaz de recordar? ¿Se fortalecen, como el queso que nunca deja de curarse? S…

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