10 jun. 2010

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Me esfuerzo; mis ojos escudriñan cada rincón que existe a mi alrededor, pero no hay nada. Sí, puedo ver personas, edificios, un coche con el intermitente izquierdo encendido que se dispone a adelantar... En resumen, nada. No es posible percibir tantos objetos, figuras, formas, colores, movimiento... y que el silencio llegue a ser tan abrumador como esta tarde. Ni un claxon, ni una risa, ni siquiera una voz sumergiéndose en un teléfono móvil. Todo el mundo camina solo. Yo camino sola. Nos cruzamos, nos miramos. En ocasiones, ni siquiera eso. Las cabezas se dejan llevar por la fuerza de la gravedad y los ojos apuntan hacia el suelo, van contando baldosas, observando restos de chicles adheridos a la acera, un ticket de la O.R.A. que ya pasó...
Necesito llegar a mi casa. No puedo evitar que la angustia me coma y que la sensación de soledad comience a apoderarse de mí. Pero yo... yo no estoy sola: mi agenda del móvil es infinita, mis amigos del Tuenti ya pasan de los trescientos, mis contactos del messenger son más de un centenar...
Pero, en el día a día, en el cara a cara, en el bis a bis... ¿hay alguien que no se sienta alguna vez solo?
Cambio teclados y pantallas por caras, pieles, voces; tus ojos, tu sonrisa, tu nariz...

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