19 jun. 2010

Los rayos de sol se sumergen en mi piel como si la enfermera autora del hematoma negro me hubiese inyectado adrenalina en vena. Poco a poco siento cómo palpitan, uno a uno, los cientos de miles de poros de mi piel, dando la bienvenida a esa sensación que tantos meses han suplicado. ¿Cuántas habrá? Tal vez ciento cincuenta, o tal vez no sean más de cien... Multiplicando por dos hallo mentalmente el número de ojos que podrían visualizar en este momento la escena. Busco el "Todas las pistas", cierro los ojos y me limito a disfrutar.

Dicen que sólo existe un sol; que veo el mismo que ilumina a un niño pecoso, pálido y gritón bajo la Torre Eiffel de París mientras pide a su madre que le compre el helado con forma de pie que anuncia el cartel azul.

Quiero ver el sol desde allí. Desde el lugar de la arena blanca y del agua del azul inimaginable en un pantón del Photoshop. Quiero ver mis pies a través de los millones de gotas que forman esa ola, mientras los rayos del sol atraviesan sin pudor las partículas de sal e iluminan la cola de cualquier pequeño pez. Y quiero ser doble, quiero sentirme doble. O quiero que dos sean uno, eso ya me da igual. Puedo buscar una cuerda irrompible, o dividirme por la mitad y construir, tras muchos años de rompecabezas, el más bonito de los puzzles.

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