17 nov. 2010

No hace falta ser un Sapiens para saber mantener mandíbula y maxilar a raya cuando lo que se pretende contar no está archivado a fuego en la memoria útil y contrastada. A veces es muy necesario un cien por cien, un "hablo de lo que sé" y "opino de lo que se imprimió en mis retinas". Las críticas gratuitas, para nada fundamentadas y en absoluto constructivas deberían quedarse, como mucho, al filo de las papilas gustativas. Ahí estarían bien; resonando en la cabeza de quien quiera contaminar el aire con discursos de mercadillo.
Es una pena que no exista una cadena perpetua para los comentarios que hacen "que suba el pan".

9 nov. 2010

La vida, en ocasiones, concede sus últimos coletazos tendida sobre la cama blanca de un anticuado hospital. Los débiles latidos de un octogenario corazón suenan con fuerza si se les acompaña con el coro de una mirada, de una voz, de un efecto de acción - reacción. La debilidad de los mortales se expone en paños menores cuando la dependencia absoluta protagoniza una realidad.
Los ojos empañados velan esa cama inerte, las conversaciones a base de susurros protagonizan la melodía de las horas que quedarán, o los días, o los meses... pero no hay vuelta atrás. A veces las mejores historias finalizan de repente, sin aviso, sin agonía, sin párrafos innecesarios que recarguen de grises recuerdos lo que, hasta entonces, fue una novela sin erratas digna del mejor escritor.
Alargar lo inevitable con artilugios y sustancias "milagrosas" puede resultar innecesario. Al fin y al cabo... ¿no se traduce en más dolor?

6 nov. 2010

Yo tampoco te espero

Hay hechos que se escapan a mi entendimiento. 
Crisis... esas seis letras que unidas protagonizan la maldición que aún no se decide a dejar a muchos respirar. Recortes, despidos, quiebras, cierres, EREs...¿pero qué importa eso si un enviado de Dios se decide a pisar suelo español? 
Cantidades ingentes de dinero se despilfarran para que este "hombre santo" disfrute de un  agradable paseo y pronuncie cuatro palabras que se emiten constantemente en televisión. Muchos admiran sus vestiduras bañadas en oro, sus medidas de seguridad propias tras un 11-S y sus declaraciones en contra de erradicar el SIDA en África con un simple condón. ¿Que España sufre un laicismo extremo? Estoy de acuerdo, Señor. Son los frutos que han sembrado usted y su Institución. Menos dinero, más humildad y más coherencia con su religión. La fe es una necesidad; pues yo, si creo en algo, que se me permita que sea en el Sol.


4 nov. 2010

Camino sorteando los obstáculos y escudriñando cada expresión en busca de un detalle que me haga sentir bien. No busco recompensas por regalar algunos céntimos,  ni una sonrisa complaciente en un "gracias" que dijeron sin poder pensar. Analizo sus facciones, esa ropa raída y esos ojos que se orientan a un vacío lleno de bolsas de El Corte Inglés y zapatos de Chanel. Frente a sus pies una bolsa de deporte procura proteger los sueños a los que un día aspiró y que se esfuman entre las grietas de esa acera que calienta de diez a diez. Silencioso e inmóvil, sólo espera una mano que se acerque con ese metal preciado que le permitirá, con suerte, disfrutar del placer de comer. Sí, para ti es un placer, pero esas costillas impresas en su piel rugen la palabra necesidad.

3 nov. 2010

Como en cierta película con la que un día me topé, creo que el núcleo de La Tierra ha dejado de girar. No sé si las ratas con alas perderán el control o si se desvanecerá la fuerza del 9'8, pero cada día soy más consciente de la decadencia de la raza humana.

La biología no entiende de edad. Un recipiente tan pequeño como el que puede representar un ser con tan solo una década de vida no puede contener ni mantener una nueva realidad. 


No creo en razones de cultura, ni en el origen como causa detonante. Simplemente me atrevo a afirmar que, efectivamente, el núcleo de La Tierra ha dejado de girar.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.
Albert Einstein

1 nov. 2010

Un mal sueño



Abrió los ojos. No reconoció esa pared color marfil, ni ese cuadro de una viga de metal, suspendida entre rascacielos con una decena de obreros descansando sobre ella, como si de un simple sofá se tratase. Le entró vértigo. Miró hacia abajo. Suelo. ¿Cómo podía darle tanto vértigo el suelo? La distancia no podía ser mayor que la altura de nueve o diez de sus libros de partituras apilados. Se mareó. No comprendía nada. Nada a su alrededor le resultaba familiar y decidió incorporarse. Inmóvil, petrificada.
Estoy soñando, pensó. “Ahora que tengo la certeza de estar soñando no tardaré en despertarme, en mi habitación de siempre, con mi póster de Antony & The Johnsons junto a la cama, en lugar de ese cuadro de dementes suspendidos en el aire”.
Le gustaba más el color de su pared. Siempre le había gustado el amarillo, tal vez por eso de querer ser artista y no creer en las supersticiones. Sí, le gustaba el amarillo chillón de su cuarto; sobre todo cuando el sol se colaba por la ventana, a eso de las doce del mediodía, y hacía que el cuarto empezase a arder. Un dibujo nunca sería un dibujo sin color amarillo.
No se despertaba. Empezaba a cansarse de estar inmóvil. Quería mover algo más que la cabeza. Quería levantarse, rascarse la nariz y tomar un zumo de naranja. “Vamos, despiértate…”.
De repente fue consciente de que le costaba un poco respirar. Algo en la boca le molestaba. No podía ver qué era, tampoco podía quitárselo, pero resultaba realmente incómodo. “Vamos, despiértate…”.
Comenzó a escuchar un murmullo. “Al menos el sueño se pone interesante”. Aunque lejana, creía reconocer una de las dos voces que parecían provenir de una sala contigua. “Es mamá.”
Música. Le parecía escuchar a Beethoven; sí, sin duda era una de sus sonatas. Pocos segundos le hicieron falta para reconocerla. La número 14, es el Claro de Luna. Siempre que escuchaba esta obra maestra imaginaba al propio Beethoven tocando nota a nota la partitura a su amada, la Condesa Giulietta Guicciardi, mientras ésta le observaba con admiración.
Volvió a sentirse mareada. La música sonaba cada vez más lejana y las voces ya eran imperceptibles. Blanco.
Con dificultad volvió a abrir los ojos. Estaba en la misma habitación desconocida, la pared seguía siendo color marfil y el cuadro que detestaba no se había movido de su sitio. Pero había una diferencia, esta vez no estaba sola.
Percibió la voz de su madre, a su lado, muy cerca. No comprendía lo que decía, pero le pareció que lloraba. “Qué sueños más extraños. Creo que dejaré de tomar café.”
De pronto, su madre se acercó, la besó en la cara y rompió a llorar desconsoladamente. Intentó abrazarla, pero seguía sin poder moverse. Intentó tranquilizarla y preguntarle qué ocurría, pero el objeto de su boca continuaba allí y no le permitía articular palabra. Alguien, desconocido, retiró a su madre y comenzó a mirarle a ella, fijamente. Otra persona más. Hablaban entre sí, aunque era incapaz de reconocer una sola de las palabras que pronunciaban.
“Definitivamente, ¡despiértate!”. Pero seguía allí, inmóvil, impotente.
Unas manos se aproximaron a su boca y le comenzaron a retirar, al fin, aquel molesto objeto que apenas le permitía respirar y le impedía articular palabra. Se sintió mucho mejor. “¡Mamá!”. Nadie la escuchaba. “¡Mamá!”. Su madre y los desconocidos se aproximaron a ella. La observaron con una expresión tan compungida que sintió que algo realmente malo le estaba ocurriendo en ese sueño. ¿Por qué nadie la entendía? ¿Por qué no se despertaba?
Poco a poco fue entendiendo palabras sueltas y, finalmente, casi frases completas.
“Lo sentimos. Su hija jamás se recuperará”.
“No te angusties. Antes o después, despertarás. Antes o después, despertarás. Antes o después… serás consciente de que aquel coche ha hecho que amanezcas en una pesadilla de la que nunca, jamás, saldrás”.