28 abr. 2010

Si miro y no te veo


A veces miro hacia atrás y te veo.

Te veo en ese columpio del que te gustaba colgarte mientras sonreías y el sol lamía tu cara palmo a palmo.

A veces miro hacia atrás y te veo.

Te veo sentado en ese banco donde comiendo un helado me contabas cuánto te gustaba aquella canción de aquel hombre de voz cascada de los 19 días y las 500 noches.

A veces miro hacia atrás y te veo.

Te veo mientras me ves, mientras me miras y analizas cada uno de mis gestos y todo lo que pasa por mi cabeza pasa por la tuya, como si hubiésemos pulsado a la vez el On.

A veces miro hacia atrás y te veo.

Te veo diciéndome adiós, dándome un beso de buenas noches y deseando que llegue de nuevo el sol para poder borrar ese adiós y dedicarme un nuevo hola hecho de cuatro simples letras pero lleno de un nuevo día.

A veces miro hacia el frente y ya no te veo; por eso, siempre que puedo y aunque me choque de bruces con quien aparece delante, vivo mirando hacia atrás.

25 abr. 2010

Cuando huele a incienso


Miro por la ventana,
las aceras están mojadas y el repartidor de prensa apenas puede caminar con ese enorme paraguas y el carrito repleto de papel.

Las aceras están mojadas y mi cama aún huele a ti.

Huele a ese incienso que tanto te gusta, ése que huele como la tienda donde me comprabas velas de tres en tres.
Aún me acuerdo de cuando las encendías y así me mostrabas tu cara, con ese color anaranjado y aquellas sombras que la recorrían, pero que dejaban que te brillase la punta de la nariz.
Y, entonces, aparecían tus ojos. Vivos, brillantes, fijos en mí; tan penetrantes que podía sentir cómo me recorrías por dentro, milímetro a milímetro, y sacabas lo mejor de mí.

Voy a dejar de soñarte.

Porque nunca te gustó el incienso,
porque nunca me compraste velas
y porque tus ojos nunca se detuvieron en mí.

Si salieras de mis sueños y te convirtieras en un hola , no dejaría que encendieses incienso e impregnases mis sábanas con tu olor, porque es peor la sensación de echarte de menos cada vez que me despierto que pensar que, en alguna parte, tal vez existas y yo sueñe contigo cada vez que tú enciendes una vela para mí.

24 abr. 2010

Érase una vez...


Una noche ella bajó las escaleras. Las copas parecía que se regalaban y la gente movía su cuerpo al son de una música que invitaba a no dormir hasta muchas horas después. Un desconocido, un saludo, una conversación, un par de horas de reloj. Llegó la hora, la música dejó de sonar. Miró a su alrededor y cada cara que observaba le resultaba desconocida, excepto la suya. La única cara conocida resultó ser la de quien había sido un desconocido hasta dos horas antes.
Subieron las escaleras y se sentaron en un enorme sofá. La luz era tenue y el silencio invadía toda la sala. Hablaron durante algunos minutos y, finalmente, sus ojos se encontraron y hablaron entre sí de un modo distinto al que lo habían hecho durante el resto de la noche. Breves segundos... y ocurrió. Todo sucedió muy rápido, pero sucedió, sí, realmente sucedió.

No hubo despedida. Se dijeron simplemente un "hasta ahora" que, en realidad, se traducía en un "hasta nunca", pero ellos no lo sabían.

Transcurrieron los días y, de repente, él volvió a aparecer. Fue en forma de letras, palabras, frases... que narraban la historia de una noche en la que no hubo un "adiós", ni un "hasta pronto"... Un érase una vez que no tuvo final feliz, porque no tuvo un final.



To be continued...

23 abr. 2010

El comienzo


Comenzar con un nuevo proyecto siempre es todo un reto. Más aún si, como en este caso, llevarlo a cabo va a requerir atención, continuidad, constancia... algo de lo que, mal que me pese, no puedo precisamente alardear.
Siempre he escrito, desde que no medía más que el arambol de la escalera de mi casa. Normalmente, utilizaba el lapicero como vía para desahogarme cuando parecía que el mundo se venía abajo e iba a aplastarme, aún más, contra la almohada en la que descargaba mi rabia un par de veces por semana. Otras veces, cuando la vida empezó a escribir por sí misma mi diario de las experiencias, cuando comencé a dejarme llevar, mis borradores versaban sobre corazones, primeros besos, primeras lágrimas... La niña que tenía dentro empezaba a dejar de ser larva y estaba aprendiendo a volar.
Ahora, creo que ya puedo considerarme verdadera mariposa. Controlo mi vuelo, aunque únicamente de vez en cuando... En ocasiones, las rachas de viento son tan fuertes que parece que tu vida no es tuya y que hay alguien que maneja los hilos que sujetan tus alas a su antojo. Pero, ¿qué emoción tendría la vida si pudiésemos controlarlo todo?

Afortunada me siento por ser mariposa y, más aún, por poder disfrutar, a diferencia de ellas, de algo más que unas cuantas horas de vida; aunque mi vida, hasta ahora, me haya parecido que ha durado, simplemente, un par de segundos.