21 nov. 2012

Neptuno

El mar gritaba más alto que de costumbre. Sus tentáculos de ola rompían (en) la orilla con una fuerza sobrenatural. Cualquiera diría que todos los dioses se habían declarado la guerra aquella noche.
La arena se rendía ante la hiriente espuma y la playa era distinta de un tic a un tac de reloj. Ningún marinero navegaba las sombras y las gaviotas callaban esperando el amanecer.
Sólo un caminante a ritmo de prosa rompió la armonía de aquella escena con olor a sal. Con lentitud y el cuerpo vencido se aproximó a la orilla. Sus pies imprimieron pequeños surcos en la arena, firma perecedera de quien pasó por allí alguna vez, y sin quitarse siquiera aquella gabardina que, abierta, tanto se mecía a merced del viento, introdujo sus pasos en la empapada sal. Pronto el abrigo cejó en su empeño de emprender el vuelo y aprendió el arte de bucear, y el hombre continuó el camino en busca del centro del mar. Se perdieron sus piernas, se sumergió su tronco, se desvanecieron sus brazos, se evaporó su cabeza.
Nunca nadie presenció esta escena y jamás supieron que alguien descansaba entre el agua y la arena. Nadie preguntó, nadie buscó, nadie lloró.
Solo e invisible, ese alma cansada, aquella noche de luna llena, supo que su destino no quería sus pies en la tierra, y decidió rendirse al mar, a su furia y a su fuerza, al vaivén de aquellas olas que de niño le acariciaban las piernas, pero al fin fueron los dulces puñales que acabaron con su pena.

Imagen: tinerguias.com

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