15 nov. 2012

Farolas

En el momento en el que la calma desaparece y te dan tu primera palmadita en el culo comienzas a repartir, porción a porción, granito a granito, cada parte de ti.
Lo que te espera de sol a sol es un camino con rectas infinitas, curvas casi imposibles, cuestas amargas y más de un desnivel. Durante el trayecto, como Pulgarcito, repartes tus miguitas aferrándote a la esperanza de no perderte, de seguir el itinerario correcto y, siempre, ser capaz de volver hacia atrás si cometes un error. Goma de borrar en el bolsillo del pantalón.
Pero las miguitas no son infinitas, ni perennes, ni inmutables, ni inmortales. Al fin y al cabo, ¿lo eres tú?
Los cuervos, siempre al acecho, disfrutan de su sabor siempre que te despistas, flaqueas o el destino, inevitable compañero de viaje, tiene un antojo.
Y te pierdes, te pierden. Y los granitos, o miguitas, o pedacitos de ti nunca vuelven a ser tuyos. Con la suerte de espaldas desaparecerán para siempre. Con la fortuna de tu lado alguien te prestará sus manos - corazón tangible - para guardarlos a buen recaudo.
Yo sólo deseo que los inevitables pájaros negros no devoren la luz de los guardianes. ¿Quién quiere una vida sin luz?

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