18 oct. 2012

Con(s)ciencia

Apenas una decena de personas murmura junto al andén. Huele a nicotina y calma inquieta, productos de la espera y del nuevo destino más allá de las vías. Una pareja de ancianos comenta en voz baja cuánto ha cambiado aquella estación desde la última vez que la pisaron juntos. Ella tiene el pelo blanco, a juego con el cabello que aún no se ha esfumado del cuero del caballero. La vida destiñe y corrompe, curte las caras, pero sólo a las almas que crecieron débiles o desafortunadas.
Hay una chica. Permanece sentada en una de las sillas de metal inmersa en un libro de Zafón. Cada 65 segundos consulta el reloj, esperando que el retraso sea un mal sueño y la megafonía grite su nombre. Cada 70 segundos, de reloj y de reojo, observa a sus futuros compañeros de viaje. Y vuelve a penetrar en las letras del ángel al que no encuentra sentido. Todo será distinto, piensa, cuando se aleje de esa niebla gris y se mude al coche dos.
Por fin el reloj se detiene. Las dieciséis y treinta y dos. Hojalata en media docena se detiene en la estación y con su libro en la mano asciende tras el resto. Paso a paso recorre el pasillo y se acomoda en su asiento. Tras echar un vistazo a su alrededor y descubrirse sola guarda su libro en la viajada maleta y se dispone a pensar. Debe ser sincera, por algún motivo esas frases no cobran sentido para ella.
Pronto llegará a la conclusión de que ha intentado robar un sueño. El del ángel no es su anhelo, los ángeles no visten rojo interno. Y ella, desde hace ya tiempo, sangra rota y execrable muy adentro.
Su cabello se rindió al blanco y nunca supo cuándo dejar de llorar.


2 comentarios:

  1. un texto crudo y con una belleza sutil. Me ha gustado.

    Saludos, Nahuel.

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  2. coincido con nahuel.
    me recordó a ciertas imágenes de "si una noche de invierno un viajero", y los capítulos abiertos.
    un abrazo.

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