24 ago. 2012

Madera

Era primavera y encontré una caja entre toneladas de basura. Preciosa, hermosa, parecía pronunciar mi nombre. Aún estoy segura de que así fue.
Decidí llevarla conmigo. Me afané en limpiarle el polvo y procuré limar sus imperfecciones. Con una lija hice su tacto más agradable. A mi forma, a mi gusto, a mi imagen.
No me importaba no ser capaz de abrirla. Me gustaba tanto la cajita... Quedaba tan bien día tras día en mi estantería...
Pero llegó el verano y en mi maleta no cabía. Dejé de dar un beso cada mañana a una de sus esquinas. Y comencé a preguntarme qué escondería. Por qué se negaba a abrirse y mostrarme qué contenía.
Las preguntas y las dudas tiñeron el día a día. Y el peor de los dilemas fue qué hacer si no se abría.

1 comentario: