24 ago. 2012

Historias

Alzó la cabeza al sentir el leve roce del algodón en sus piernas. Era ella. Vestía aquella falda que tanto le gustaba y que se ponía para él un par de domingos al mes. Por eso la quería tanto, porque los pequeños detalles nunca se guardaban bajo llave, siempre revoloteaban entre sus manos y días.
Cuando miraba en sus ojos se sentía grande, fuerte y poderoso. Llenaba su corazón de energía y se proclamaba el hombre más afortunado en el mundo. Disfrutaba de esa mujer que tantos deseaban, pero que decidió regalarle, a él y no a otro, su sonrisa.
Y es que era tan bonita - pensaba cada vez que observaba el perfil de su mejilla y aquellas pecas revoltosas que recorrían su naricilla.
Detuvo de pronto sus pasos. Se aferró a su cintura y besó con pasión sus labios. Quién podría dudar de su amor si cuentan que ni el infinito fue capaz de separarlos.


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