12 feb. 2011

Dos gotas

No lo olvides, las nubes observan estas manos entrelazadas dispuestas a arruinar nuestro paseo. Caminamos sincronizados, rítmicamente, un, dos, tres, cuatro... mientras el agua en suspensión amenaza con entregarse a la fuerza de la gravedad. Continuamos nuestro camino. El deteriorado asfalto supone que es capaz de marcar nuestro trayecto, de determinar cuál será el próximo chicle que besarán nuestras suelas o qué baldosa sufrirá dolor por nuestros huesos. Pero no; sólo nosotros decidimos con quién nos cruzaremos en el siguiente tramo.
Llegamos al pequeño bosque de los pavos y las ardillas, ése que se oculta tras las majestuosas puertas que se abren al amanecer. No perdemos el ritmo, continuamos caminando y nos adentramos en este miniparaíso oculto en las entrañas de una gran ciudad gris. Los árboles no son de fuego, hoy sólo son brasas; el sol decidió que disfrutásemos de la belleza que también existe aunque no nos acompañe él. Y eso hacemos. No decimos una palabra. Admiramos las aguas del estanque que se oculta tras la vegetación. No hay nadie más alrededor, es un día demasiado inhóspito para aquellos que no saben disfrutar del frescor de este día de nubes. Y éstas, de repente, deciden rugir. Imaginamos mirando al cielo que sus cuerpos vaporosos se han encontrado y son incapaces de mantenerse en silencio; se ha desatado la pasión, su pasión, que pronto será nuestra. Un, dos, tres, cuatro... el olor a humedad comienza a embriagarnos mientras tu pelo brilla y comienza a gotear. Te miro, lo acaricio, te vuelvo a mirar. Nuestros ojos se encuentran y, sin pronunciar palabra, comenzamos a correr. De pronto me frenas y te aferras a mi cintura. No opongo resistencia mientras me acuestas sobre el suelo de hojas muertas y de flores por nacer. Aquí la lluvia nos espía tímidamente, pero no nos importa que nos pueda ver. Con tu cuerpo reposando sobre mí acaricias mi cara - te sienta muy bien el color verde, susurras - y me besas con ternura mientras nos sentimos tan cerca que creo que dejamos de ser dos. Nos rendimos e imitamos a las nubes, suspiramos y las manos no se encuentran porque, inquietas y curiosas,  saben que existen infinitos milímetros de piel que conocer. No daremos cuerda al reloj, aún no. Hoy a tu espalda la acaricia la lluvia, mañana la mía puede que se abrase con el sol.

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