8 oct. 2010

No es novedad que el tiempo es oro y el mío se cotiza bastante caro. Se lo presto a quien yo elijo, se lo regalo a quien yo deseo y lo merece quien yo creo. El problema surge cuando el tiempo se esfuma entre mis dedos como lo hizo la arena del hermoso Sahara mientras acariciaba la joroba de aquel blanco camello. Lo he perdido, malgastado y tirado a la basura sin esperanza de reciclaje. El tiempo no se recicla en el apartado de las latas de Steinburg ni en el de los apuntes que cierto día malcopié. 
Si abres el saquito en el que guardo con recelo el reloj de mis días no lo vacíes a tu antojo. Es valioso. Tan valioso que, cuando siento que se disipa, yo me desvanezco con él. Sí, me desvanezco y me deslizo como hizo aquella fina arena entre mis dedos algún día del mes de abril.

1 comentario:

  1. Llegué, me detuve y observé. Ahora sigo leyendo tus escritos (sinceros y dolorosos) con la curiosidad del ausente.
    Por si vale para algo: hasta de los malos momentos se saca algo positivo y el tiempo, lamentablemente, se pierde en lo malo (tiempo malgastado) y en lo bueno (tiempo insuficiente)
    Un abrazo desde la pared de al lado!!

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