25 ago. 2010

Dicen que no hago literatura... 
tienen razón, 
nunca he pasado del melón con jamón, 
de una y de dos... 
No sé escribir, sólo me quito la armadura.



Y algunos me preguntan el porqué. Es evidente que encuentro tesoros en el Backstage de los Aviones que definen de algún modo lo que mis yemas, de vez en cuando, aciertan a imprimir.

Releyendo soy consciente de los retorcidos productos que fabrican mis circunvoluciones en ocasiones y de lo simple que suelo ser cuando intento llegar al tres. La lógica explica que comprendas mis historias. Podría hablar de ósculos si quisiese lo contrario o si, al menos, me apeteciese obligarte a abrir el libro de las palabras en una línea de cada dos. Aunque el continente pueda recubrirse de arte abstracto, el realismo de mis venas aflora cada vez que algo me remueve. Utilizas a menudo un batidor, de ésos con alambres enrollados que agitan cada milímetro cúbico que encuentran en su andadura. No debería permitir que lo hicieses, pero no encontré un antibiótico contra los pinches de cocina.
La ambigüedad solía ser tinte de mi carácter, ahora me la como a cucharadas intentando descrifrarla, mientras tú la agitas como sólo tú sabes hacerlo y la desprendes a borbotones.
Las imprecisiones o las precisiones excesivamente precisas a menudo provocan el mismo efecto.

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