25 jul. 2010

Ahora entiendo por qué el color azul me apasiona. 
Siento tanto placer escuchando al silencio que no querría incorporarme jamás.
El cuerpo tumbado, relajado, disfrutando de la suavidad de la toalla verde que rescaté del armario y de los rayos de sol que, suavemente, despiertan cada uno de los poros de mi piel. Siento el calor acariciando mi cara, aterrizando en mi pecho, cruzando mi tripa rodeando el  ombligo y recorriendo mis piernas sin ningún pudor. Mis brazos, descansando a ambos lados, desembocan en dos manos curiosas que acarician la arena, disfrutando de ella grano a grano. 
Puedo sentir la crema hidratante, ésa que yo misma extendí minutos antes por todos los ángulos de mi piel, deslizarse levemente, mezclándose con las primeras gotas de sudor que el sol se atreve a despertar. 
Mis tres sentidos no descansan, analizan cada estímulo, cada señal, cada sonido, cada olor, cada sensación. La vista no la necesito, mis ojos son prescindibles ahora mismo, sólo quiero cerrarlos y sentir cómo el calor hace que mis párpados palpiten y tiemblen como si quisiesen romper a llorar. Mi boca permanece cerrada. No quiero saborear. Sólo quiero escuchar, sentir, oler. 
Sólo quiero que se apague el interruptor de mi conciencia, de mi memoria; el comecocos intenta sobresaltarme, pero, los próximos minutos, son sólo para mí.
Mi silencio.

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