28 nov. 2012

22 nov. 2012

Q

Cree que no quieres que te quiera,
aunque muchas veces te apetezca.
Cree que no quieres quererla,
aunque algunos besos dejen huella.
Cree que quien quiere, quiere enteras,
no horas a todas y días a medias.
Cree que duele el hielo en letra,
más cuando en verano nunca se espera.

21 nov. 2012

Neptuno

El mar gritaba más alto que de costumbre. Sus tentáculos de ola rompían (en) la orilla con una fuerza sobrenatural. Cualquiera diría que todos los dioses se habían declarado la guerra aquella noche.
La arena se rendía ante la hiriente espuma y la playa era distinta de un tic a un tac de reloj. Ningún marinero navegaba las sombras y las gaviotas callaban esperando el amanecer.
Sólo un caminante a ritmo de prosa rompió la armonía de aquella escena con olor a sal. Con lentitud y el cuerpo vencido se aproximó a la orilla. Sus pies imprimieron pequeños surcos en la arena, firma perecedera de quien pasó por allí alguna vez, y sin quitarse siquiera aquella gabardina que, abierta, tanto se mecía a merced del viento, introdujo sus pasos en la empapada sal. Pronto el abrigo cejó en su empeño de emprender el vuelo y aprendió el arte de bucear, y el hombre continuó el camino en busca del centro del mar. Se perdieron sus piernas, se sumergió su tronco, se desvanecieron sus brazos, se evaporó su cabeza.
Nunca nadie presenció esta escena y jamás supieron que alguien descansaba entre el agua y la arena. Nadie preguntó, nadie buscó, nadie lloró.
Solo e invisible, ese alma cansada, aquella noche de luna llena, supo que su destino no quería sus pies en la tierra, y decidió rendirse al mar, a su furia y a su fuerza, al vaivén de aquellas olas que de niño le acariciaban las piernas, pero al fin fueron los dulces puñales que acabaron con su pena.

Imagen: tinerguias.com

20 nov. 2012

Catalina cuando besa

Reinaba la oscuridad en toda la estancia. Una pequeña e intrépida luz colorada era la única decidida a dar un mordisco a aquel intangible azabache. Y ella mantenía sus ojos abiertos, apuntando en dirección al techo, ignorando por completo la sinrazón de no dejarles descansar. Al fin y al cabo, no miraba con sus ojos, sino que componía la noche a través de su imaginación.
Hacía tiempo que sus labios no conocían beso, que el anhelo y la escarcha los vestía cada despertar. Tampoco cambiaban de abrigo cuando el sol echaba el cierre y todo dolía más que por dos.
Aquel día fue diferente. Sus labios vistieron de gala por unos segundos que parecieron de viento, veloces y tenues, como los aires del sur. Apenas recordaba el suave aleteo de quien recibe el beso que desea saborear por siempre, de quien siente y padece... Y en su ausencia padecerá.
Por ello no cerraba los ojos, a pesar de no encontrar nada en la oscuridad. Los sueños son inconscientes, incontrolables - se decía -. Distintos que los recuerdos. Si se mantenía despierta por siempre, nadie le impediría que su beso fuera infinito.
Pero, como cada luna, el sueño fue quien venció.



19 nov. 2012

ocirínOnírico senuLunes

Cuando era niña dibujaba conejitos y odiaba el disfraz de pirata. Aprendió a moldear flores pétalo a pétalo imitando a su madre y el deslizar de sus manos, delicadas y ligeras mariposas. Lloraba con Bambi hasta perder el aliento y construía ciudades diarias para muñecas con piernas de alfiler. 
Y aunque sigue sin gustarle el disfraz de pirata, las hojas ya cayeron por docenas y la curtida consciencia no es flexible si busca un hueco para soñar. Los hogares de cartón no son un juego y el cervatillo sufre el peso del polvo y el óxido de la edad. 
Tantos golpes esculpieron su historia como manos dispuestas a darle un empujoncito más. Pero quiere ser ella quien coja impulso. Extender sin dudar los brazos y aferrarse con fuerza al producto de aquellos cuentos que desde larva supo inventar.
Cuando finalice el trámite de la realidad.

15 nov. 2012

Farolas

En el momento en el que la calma desaparece y te dan tu primera palmadita en el culo comienzas a repartir, porción a porción, granito a granito, cada parte de ti.
Lo que te espera de sol a sol es un camino con rectas infinitas, curvas casi imposibles, cuestas amargas y más de un desnivel. Durante el trayecto, como Pulgarcito, repartes tus miguitas aferrándote a la esperanza de no perderte, de seguir el itinerario correcto y, siempre, ser capaz de volver hacia atrás si cometes un error. Goma de borrar en el bolsillo del pantalón.
Pero las miguitas no son infinitas, ni perennes, ni inmutables, ni inmortales. Al fin y al cabo, ¿lo eres tú?
Los cuervos, siempre al acecho, disfrutan de su sabor siempre que te despistas, flaqueas o el destino, inevitable compañero de viaje, tiene un antojo.
Y te pierdes, te pierden. Y los granitos, o miguitas, o pedacitos de ti nunca vuelven a ser tuyos. Con la suerte de espaldas desaparecerán para siempre. Con la fortuna de tu lado alguien te prestará sus manos - corazón tangible - para guardarlos a buen recaudo.
Yo sólo deseo que los inevitables pájaros negros no devoren la luz de los guardianes. ¿Quién quiere una vida sin luz?